Estoy indignado y cabreado. Ayer por la tarde, un par de imbéciles decidieron que sería divertido quemar dos enormes cipreses que la comunidad de vecinos plantó hace ya casi quince años en la entrada del párking. Los dos árboles, de más de 10 metros de altura, ardieron como teas. Será difícil que salgan de esta. Uno aún mantiene algo de verde, pero el otro ha sido devastado...

Las llamas alcanzaron una esquina de mi jardín, dejando una hiedra de más de 10 años y dos ciruelos muy afectados. Habrá que esperar para ver si sobreviven.

Este año estaba yo precisamente contento con estos prunus japónica: tras un floración muy intensa, era la primera vez que daban fruto. Así estaban las ciruelas

Y así han quedado:

Estábamos en al cocina, preparando la cena para unos amigos que venían a casa. De pronto escuchamos un ruido que parecia lluvía, y por el ventanal del salón veíamos caer algo parecido a nieve... Al asomarme me encontré con las llamas: el ruido que oíamos era su crepitar y lo que nos llovía encima eran cenizas...

La rápida reacción de los vecinos y de amigos del barrio nos ayudó muchísimo a intentar controlar las llamas mientras llegaban los bomberos. Sin su ayuda los daños hubieran sido mucho mayores. No dejo de agradecéroslo. De la misma manera que sorprende la estupidez sin límites de quién le pega fuego a un árbol porque sí, también es una agradable sorpresa ver que hay gente dispuesta a echar una mano en una emergencia así.

Un señor nos explicaba luego que había reprendido a unos chavales al sorprenderlos unas calles más abajo intentando prender otro árbol con un encendedor. Minutos más tarde veía mi jardín ardiendo. Hace falta ser imbécil para hacer una cosa así...

Después de cenar, cuando mis amigos volvían a sus casas, no podía dejar de pensar qué hubiera pasado si esto nos pilla fuera de casa, o si mi vecino de al lado no hubiera puesto su manguera en marcha tan deprisa. Con que poca cosa se puede hacer un daño tan grande...

La casa llena de ceniza, el jardín enblanquecido, una esquina destruida y desnuda, olor de quemado; el áspero ruído de las hojas resecas de la morera que hay junto a los cipreses cuando se mueve un poco de aire, y una enorme sensación de vulnerabilidad. Eso es lo que nos queda. Eso, y la esperanza de que se acabe localizando a los responsables.